La operación de EE.UU. en Venezuela, completamente ilegal según las leyes por las que nos regíamos hasta ahora, ha eclipsado lo que sigue sucediendo en Ucrania y Palestina.
Pero ha demostrado al mundo que la diplomacia termino, el tiempo de convencerte de mi postura pasó. Y ha llegado el tiempo de la fuerza, de imponer mi forma de hacer las cosas, por las malas, directamente.
Todo el mundo se queja de eso pero todos caemos en lo mismo, cada uno en su nivel, pero todos llamando al odio contra los que no piensan como uno mismo. Y me da igual el tema, podemos hablar de futbol, de religión, de política o del vecino de enfrente que tan mal nos cae. Lo convertimos en el enemigo porque así es más fácil profesarle todo nuestro odio, odio que procede, en la mayoría de los casos, de nuestra propia frustración.
El disfraz de la democracia está muy bien, es muy bonito y reluciente, pero lo que esconde es la misma oscuridad que tanto criticamos.
Solo recordaros que la democracia supone poder tener una opinión diferente y aún así ser respetado. Incluso supone poder escuchar una opinión distinta a la tuya y respetarla, aunque parezca raro, es así.
La democracia no se reivindica, no se impone, se practica.
Si no somos capaces de eso vale, pero reconozcamos que no somos demócratas, seremos otra cosa.







